Historia de Guevara

Castillo de Guevara 1838

GUEVARA.- A una distancia de 2,645 metros de Ozaeta, se encuentra la pintoresca villa de Guevara, compuesta por 17 edificaciones y habitada por 69 almas, tanto de hecho como de derecho. Cuenta con un camino vecinal que la conecta con la carretera que va de Ilárraza a Pamplona y Narbaja. Sus límites son, al norte, con Ozaeta; al sur, con Echábarri-Urtupiña; al este, con Etura; y al oeste, con Maturana. Esta villa, de ancestral linaje, fue la cuna de los Ladrón de Guevara, quienes dieron nombre a su marquesado, actualmente vinculado a los condes de Oñate. Los primogénitos de esta noble estirpe ostentan el título de marqueses natos de Guevara.

Cuando Álava pasó a manos del rey D. Alfonso XI, se redactó un capítulo de exención específicamente para esta villa. En él se expresaba: «Otrosi: nos pidieron por merced que les otorgáramos que la aldea de Guevara, donde D. Beltrán lleva la voz, sea eximida de pecho y de semoyo de buey de marzo, según fue puesto y otorgado por junta en otro tiempo. Tenemos por bien y otorgamos que la dicha aldea sea eximida de todo pecho, según dicho es, pero retenemos para nosotros el señorío real y la justicia.»

Esta villa y sus señores desempeñaron un papel crucial en las luchas entre los bandos Gamboinos y Oñacinos. En los primeros años del siglo XIII, el líder del bando gamboino, D. Pedro Ladrón de Guevara, se destacó en las batallas contra sus adversarios en Elorrio y Salvatierra. Los Guevara alcanzaron incluso el título de condes de Álava; D. Ladron lo ostentó en 1123, y su nieto D. Diego López en 1181. Un legado de nobleza y resistencia perdura en la historia de esta villa.

En el siglo XI, Guevara albergaba un hermoso castillo, en gran medida inspirado en el de San Ángelo de Roma. Sin embargo, el paso del tiempo y el abandono llevaron al deterioro de sus murallas y al colapso de sus pisos. Esta obra de destrucción se vio exacerbada en parte durante la guerra de la Independencia, con la intervención francesa. En la primera guerra civil, el 27 de octubre de 1835, el general Córdova libró una batalla en Guevara contra los carlistas liderados por Eguía. Los carlistas se refugiaron en el castillo, pero fueron expulsados por Méndez Vigo, al mando de un batallón de la Guardia Real. Aunque los carlistas fueron derrotados, la victoria fue efímera para los liberales, ya que abandonaron las posiciones conquistadas, permitiendo que los carlistas también se atribuyeran la victoria.

A pesar de que el general Córdova y su estado mayor ocuparon el castillo, no tuvieron en cuenta su proximidad a la capital de Álava ni la estratégica posición que dominaba el camino de Vitoria a Pamplona, pasando por Salvatierra y la entrada al valle de la Borunda. Córdova no consideró oportuno reparar las fortificaciones ni guarnecer el castillo. En cambio, el general carlista D. Bruno Villarreal, poco tiempo después, comprendió la gran importancia de la fortaleza en ruinas. El 13 de diciembre de 1835, subió al castillo para observar los movimientos de las tropas de la Reina. A pesar de tener escasos recursos, utilizó seis duros en aguardiente para incentivar a los voluntarios de un batallón a que transportaran piedras hasta la altura. Seleccionó albañiles, canteros y todos los operarios disponibles, haciéndolos trabajar sin descanso durante tres días para reparar las murallas y ponerlas en condiciones defensivas. Nombró a D. Miguel Angulo como gobernador y guarneció el castillo con una compañía. Obligó a los alcaldes de los pueblos a enviar operarios, herramientas y materiales. Cuando Córdova, reconociendo su error, intentó recuperar el castillo, desistió al darse cuenta de la dificultad de la empresa. La fortaleza, gracias a la visión y determinación de Villarreal, se convirtió en un baluarte estratégico.

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Posteriormente, se intensificaron las obras de defensa en el castillo, implementando talleres para la reparación de fusiles y la fabricación de cajas de guerra. Además, se trasladó al castillo el archivo de campana, consolidando su importancia estratégica y su papel crucial en la preparación y mantenimiento de las fuerzas armadas. Este fortalecimiento no solo mejoró la capacidad defensiva del castillo, sino que también lo convirtió en un centro vital para el soporte logístico y la preservación de recursos militares durante aquel periodo histórico.

En el macizo de los muros y torreones exteriores se despliegan galerías abovedadas que reciben luz a través de saeteras destinadas a la defensa, abiertas hacia el exterior. En la cortina del frente, a la derecha, se aprecia el arco que conforma la entrada principal, donde seguramente existió una rampa levadiza que reforzaba la puerta. Otro portillo, de cinco pies de altura y tres de ancho, abierto al norte, probablemente servía como puerta de socorro. El gran torreón central es notable e imponente por su masa. Posee una única entrada, y a una altura de catorce pies en su interior, hay un boquete en la pared al que se accedía mediante una escalera levadiza de madera. Desde este portillo hasta la mayor elevación, que alcanzaba los 130 pies, se ascendía por una cómoda escalera de piedra en espiral, que conducía a varias estancias abovedadas, destinadas a cuerpo de guardia, cocina y habitación del jefe.

Dentro del recinto fortificado, se encontraban magníficos aljibes construidos para asegurar abundantes reservas de agua alimentadas por un manantial, a pesar de la altura de su ubicación. En la plaza de armas, se encontraba abandonado un cañón hecho de chapas de hierro batido, reforzado con aros; medía seis pies de largo y once pulgadas de diámetro en toda su longitud cilíndrica. Este curioso monumento representaba los primeros experimentos en artillería y merecía, por esta circunstancia, figurar en un museo.

El Correo Nacional, en una carta fechada en Vitoria el 3 de diciembre, describió la voladura del castillo de la siguiente manera: «Las dos de la tarde del 30 anterior era la hora designada para volar el torreón central del castillo de Guevara, y las miradas de la mayor parte de los vecinos de esta ciudad y de los pueblos comarcanos estaban fijas en el viejo alcázar, cuna y solar de los Ladrón de Guevara. Su blancura resaltaba sobre el fondo oscuro de las peñas de San Adrián, y dominando majestuosamente la llanada parecía un sentenciado por opinión, que sentado en el banquillo esperaba impávido y sin remordimientos la descarga de muerte. Las dos habían dado y se notaba alguna impaciencia: de repente suena un grito de admiración, todos los ojos se elevan en el enorme torreón; pero una densa nube de humo lo oculta a la vista, y cuando el viento lo fue disipando poco a poco, el famoso castillo de Guevara ya no era más que un montón informe de escombros. Catorce eran los hornillos que se habían hecho, cargados con 288 arrobas de pólvora; la inflamación fue instantánea y la detonación espantosa».

El 18 de octubre, el general Zurbano ingresó a Guevara y prendió fuego a 13 edificios, incluido el templo parroquial, donde se consumieron el archivo y el altar mayor. Al año siguiente, el mismo general ordenó la destrucción del palacio, del cual aún se mantienen en pie gran parte de sus paredes, que alcanzan una considerable altura. Del castillo apenas queda nada; en lo que antes era la plazuela, aún se encuentran los subterráneos tapados con losas. Quién sabe lo que puede permanecer oculto en su interior.

Guevara cuenta con una iglesia parroquial dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, perteneciente al arciprestazgo de Gamboa, clasificada como rural de segunda categoría, y una escuela pública incompleta. Celebra su fiesta el 15 de agosto, siendo la principal fuente de riqueza la agricultura y la ganadería».

Samanario pintoresco español, segunda serie, folio I, p. 62.

Ruinas del Palacio de Guevara

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Las ruinas del palacio y los demás generales, al ver que el audaz Zurbano se atrevía a atacar formalmente la fortaleza, protagonizaron varios combates en sus inmediaciones contra los carlistas. El 25 de septiembre de 1833, después de 18 días de asedio y 11 desde que Don Carlos penetrara en Navarra, Guevara se rindió. Durante los días de asedio, las 14 piezas del castillo dispararon 712 cañonazos, contando con abundantes municiones y provisiones para más de tres meses.

El lugar donde se erigía el castillo de Guevara, antes de ser destruido, se encontraba en un repecho bastante elevado, en suelo áspero y estéril, sobre la robusta estructura a la que se hace mención. Se afirmaba que el castillo tenía comunicación con esta estructura mediante unas obras subterráneas, cuyo costo debió ser considerable y cuya ejecución resultó complicada dada la situación, distancia y calidad del terreno.

Este monumento, antes de su destrucción, presentaba dos cuerpos principales que destacaban no solo por su sólida construcción, sino también por su imponente apariencia. Para ofrecer a nuestros lectores la mejor comprensión posible, permitámonos citar aquí la descripción que hizo hace algunos meses antes de su destrucción el periódico más pintoresco y reconocido de España.

La lucha de Bandos entre Gamboinos y Oñacinos

Gamboinos y Oñacinos - Lucha de Bandos
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Es esencial tener en cuenta que no existía una conciencia nacional navarra o vasca que implicara un sentimiento de unidad en Navarra. Por el contrario, existía un fuerte arraigo del Señorío como entidad política en cada una de las regiones y una identidad particular muy fuerte de ser de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, según el criterio de la mayoría de historiadores creíbles.

En ese proceso, durante los siglos XIII a XV, se afilaron y afirmaron los perfiles de cada uno de los componentes sociales y de los tres espacios político-territoriales. En lo que respecta a los primeros, encontraron su estímulo en la decidida política por parte de los reyes castellanos en Guipúzcoa y Álava, y del señor de Vizcaya (desde 1379, él mismo rey de Castilla) en la creación de villas. La población de estas, especialmente las más grandes, se constituyó en defensora de actividades mercantiles, claramente hostil al mundo rural de los parientes mayores.

Todas las regiones vascas obtuvieron FUEROS sin los cuales hubiera sido imposible su pertenencia a Navarra o a Castilla. La identidad de guipuzcoanos, alaveses y vizcaínos era tan poderosa que Castilla se apresuró a DOTAR de fueros o privilegios exclusivos a estas provincias para permitirles el autogobierno dentro del Reino de Castilla.

Se desencadenaron cruentas luchas de linajes con crímenes y horrores entre bandos liderados por Berroetas, Zugastis, Leguizamones, Urquizus, Suzunagas y cuantos tenían algún poder o seguidores en Vizcaya. Mucho se trabajó para restablecer el orden, y Fernando el Católico tuvo que intervenir posteriormente para restablecer la paz definitivamente, otorgando a Bilbao las mismas ordenanzas concedidas poco antes a Vitoria. En 1483, la reina católica juró los fueros bajo el árbol de Guernica.

En Guipúzcoa, los Gamboinos se destacaron como señores feudales de la guerra, siguiendo siempre distintas banderas, como ocurrió en la guerra civil entre Pedro I de Castilla y Enrique de Trastámara. Las familias de Oñaz y Gamboa dieron nombre a los bandos de Onacinos y Gamboinos. El odio mutuo que se profesaban era tan intenso que venían a las manos por el menor motivo, como la disputa entre San Sebastián y Rentería acerca del canal de Pasajes, que resultó en una colisión donde murieron más de 100 personas de las principales del país.

Para poner fin a estas discordias, seis familias principales de las villas se dirigieron al rey Juan I, quien confirmó las Ordenanzas hechas por los guipuzcoanos en junta general en San Sebastián en 1379. Estas Ordenanzas prohibieron a los habitantes de Guipúzcoa tomar parte en los bandos de Oñaz y Gamboa y establecieron penas para aquellos que lo hicieran.

En la primera mitad del siglo XV, los Jauntxos rurales se enseñoreaban del país vascongado hasta que los pueblos, reconociendo que solo unidos podían hacer frente a los señores banderizos que alteraban la paz, decidieron unirse para su defensa. Las villas nombraron comisionados y acudieron al rey de Castilla para que aprobara personalmente las Ordenanzas de Guipúzcoa y así poder poner remedio a la situación de los banderizos, logrando que el rey Enrique IV acudiera en 1457.

Se derribaron por completo las casas-torres de varios señores feudales en diferentes localidades. Los que resultaron culpables fueron condenados al destierro. En 1470, Pedro de Avendaño y Juan Alonso de Mújica, principales jefes de los bandos onacino y gamboino, volvieron del destierro, reavivando la discordia. Esto fue causado en gran parte por el conde de Treviño, amigo de los recién llegados y enemigo del conde de Haro, Pedro Velasco, gobernador de Vizcaya.

Los fueros vizcaínos se escribieron por primera vez en 1342 con las Ordenanzas de la Hermandad, en defensa contra los banderizos. En 1501, los Reyes Católicos otorgaron la carta real a las Encartaciones de Vizcaya, poniendo fin a la era de los banderizos. Anteriormente, en 1181, el rey Sancho de Navarra fundó la ciudad de Vitoria, que desde entonces conserva en sus calles nombres medievales castellanos de gremios y otros elementos profundamente castellanos, sin rastro de cultura o participación vasca.

En Álava, la denominación es conocida desde el siglo VII. En el siglo XI, los señores de Alava incluyeron a Diego Lopez de Haro, Nuño Gonzalez de Lara, el infante Fernando de la Cerda y otros. En la primera mitad del siglo XV, Oñate no se integró en ninguna provincia vasca hasta 1845, dependiendo directamente del Estado español hasta esa fecha.