Castillo de Guevara

En tiempos pasados, este majestuoso castillo, tal como lo revelan los antiguos grabados que han perdurado, ahora se presenta como un cautivador conjunto de ruinas que resguardan los vestigios de su imponente torreón y las encantadoras galerías abovedadas que serpentean bajo los antiguos muros.

A lo largo de los lados sur y este de las murallas que definen el perímetro, aún es posible adentrarse en las misteriosas galerías abovedadas que antaño albergaron historias fascinantes. Descubrirás cuatro troneras estratégicas y, en las alturas de las murallas, persisten los rastros de otra galería abovedada, recordándonos los antiguos torreones que custodiaban la muralla exterior, así como las imponentes puertas en el flanco sur. Adéntrate en este histórico recinto, donde un patio de armas aguardaba enclavado entre los muros, destacando la presencia majestuosa del imponente torreón al oeste.

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En la cima de una colina, a unos 15 km de la capital alavesa, se alza imponente, justo al lado del pueblo de Guevara (su denominación oficial).

A sus pies, en armonía con el pueblo, yace el imponente palacio fortificado de los Guevara.

Guevara, estratégicamente ubicada, se erige como un punto crucial de encuentro de caminos en el territorio.

Desde el siglo XIII hasta principios del XIX, la vía principal de comunicación en la Llanada alavesa fue el conocido Camino Real de las Postas al Reino de Francia, que seguía el curso paralelo del río Zadorra, con Guevara a un lado.

Esta ruta no solo era vital estratégicamente, sino también desde el punto de vista comercial, ya que atravesaba el túnel de San Adrián conduciendo a los importantes puertos del Cantábrico.

Al controlar este enclave, los Guevara ejercían su dominio sobre las rutas hacia el mar, Francia y, además, hacia Oñate, donde ostentaban su título de Señores. La importancia política y militar alcanzada por este linaje fue significativa gracias a ello.

El Castillo-Fortaleza de Guevara se erige como un destacado ejemplo de la arquitectura militar de su época. Su construcción, datada en el siglo XV, se inspiró en el imponente castillo de Sant Angelo de Roma, aunque se presume que se reconstruyó sobre los cimientos de una antigua fortaleza del siglo X. El edificio se erigió con robusta piedra de sillería y gruesos muros de metro y medio, dotados de numerosas saeteras estratégicamente ubicadas.

El torreón principal, situado en uno de los lados del patio rectangular interior, que abarcaba unos 50 metros de longitud por 18 metros de ancho, imponía su presencia. Con un diámetro aproximado de diez metros, contaba con una única entrada.

Sin embargo, a una altura de catorce pies (4,5 metros) en su interior, se descubre una abertura en la pared accesible mediante una escalera levadiza de madera. Desde este punto, se ascendía a la máxima elevación de 130 pies (40 metros) a través de una cómoda escalera de caracol, que conducía a diversas estancias abovedadas destinadas al cuerpo de guardia, la cocina y la habitación del jefe, según relatos recogidos en el «Semanario pintoresco español» de 1839.

Es precisamente este colosal torreón el que aún se alza hoy, herido pero no vencido, entre los escombros que dejaron las explosiones de pólvora destinadas a destruirlo.

El castillo desempeñó un papel destacado en las guerras banderizas entre diversos linajes de la nobleza rural en los territorios vascos, agrupados en torno a dos familias: los Gamboa y los Oñaz, dando origen a los bandos de los gamboínos y oñacinos.

Los Gamboínos, conformados por las familias Gamboa, Guevara, Murga, Balda, Olaso, Abendaño, Ayala (en Vitoria) y Leguizamones (en Bilbao), contaban con la alianza de los agramonteses y el Reino de Navarra.

En contraste, los Oñacinos incluían a las familias Oñaz, Mendoza, Lazcano, Mújica y Butrón, Calleja (en Vitoria) y Zurbarán (en Bilbao), aliados de los beamonteses y la Corona de Castilla.

Intentar explicar las razones detrás de estas guerras resulta casi imposible; incluso los historiadores podrían no llegar a consensos. Se trataba de conflictos entre nobles, no solo por el control de territorios, sino también para consolidar posiciones, reparar honores perdidos, enfrentar nuevas villas frente a antiguos pueblos, burgueses contra nobles, o por venganzas de guerras previas, así como para infundir temor a los campesinos que se rebelaban de vez en cuando.

Eran nuevas guerras entre Castilla y Navarra, entre mil otras cosas. Finalmente, los Reyes Católicos impusieron su innegable poder en estas áreas para proteger los intereses comerciales de Castilla en el Cantábrico, poniendo fin a los conflictos. Sin embargo, una vez más, las «vascongadas» lograron obtener de Fernando el Católico unos fueros ampliados que las hicieron singulares y privilegiadas durante siglos, primero en su excelente relación con Castilla y más tarde en el contexto de España.

Un pasado que ha dejado una huella distintiva en la historia.

Tras las guerras entre bandos, se presume que el mencionado castillo fue abandonado en el siglo XVI, deteriorándose gradualmente, contribuyendo a este proceso las acciones de los franceses durante la Guerra de la Independencia del siglo XIX.

En la primera guerra carlista, Gebara se erigió como un bastión de los carlistas, quienes se atrincheraron en el castillo.

No es el lugar adecuado para detallar las tres guerras carlistas, también sumamente complejas de comprender por completo. Aunque a simple vista podría parecer simple (partidarios de coronar a Don Carlos de Borbón enfrentándose a los partidarios de la entonces Reina Isabel de Castilla), en realidad, no lo es tanto.

En lugares como aquí, Navarra, Aragón y Cataluña, se evidenció que se luchaba también por la defensa de los fueros, que no querían perder debido a la llegada de los liberales, quienes respaldaban a Isabel.

Además, se sumaban cuestiones religiosas y rencillas antiguas no resueltas, haciendo de este conflicto una trama intricada.

En 1835, el estratégico castillo fue conquistado por el general liberal Córdoba. Sin embargo, los carlistas lo recuperaron después de que estos últimos lo abandonaran. En represalia por el respaldo de los lugareños, las fuerzas gubernamentales liberales, bajo las órdenes del general Zurbano, prendieron fuego al pueblo el 19 de septiembre de 1838.

En 1939, tras resistir un asedio de 18 días liderado por los liberales isabelinos, los defensores del castillo de Guevara, marcados por el abrazo de Bergara, finalmente se rindieron el 25 de septiembre, convirtiéndose en los últimos bastiones carlistas en capitular en el País Vasco.

Los vencedores de la guerra, ansiosos por borrar todo rastro de ese castillo, optaron por su completa demolición al término del conflicto en 1839.

La ejecución de esta acción destructiva tuvo lugar a las dos de la tarde del 30 de noviembre de 1839.

La intensidad de la voluntad de reducir a cenizas el castillo se refleja en la considerable cantidad de pólvora utilizada para su derribo: 288 arrobas de pólvora, equivalente a más de 3.300 kilogramos. Un artículo de El Correo Nacional de la época documentó este suceso de la siguiente manera:

«Las dos de la tarde del 30 anterior era la hora designada para volar el torreón central del Castillo de Guevara y las miradas de la mayor parte de los vecinos de Vitoria y de los pueblos comarcanos, estaban fijas en el viejo alcázar, solar y cuna de los Ladrón de Guevara. Su blancura resaltaba sobre el fondo oscuro de las peñas de San Adrián, y dominando majestuosamente la llanada parecía por opinión, que sentado en el banquillo esperaba impávido y sin remordimientos la descarga de muerte. Las dos habían dado y se notaba alguna impaciencia; cuando al momento «suena un grito de admiración y todos los ojos se clavan en el enorme torreón; pero una densa nube de humo lo ocultaba á la vista, y cuando el viento lo fue disipando poco a poco el famoso Castillo de Guevara no era ya más que un montón de informes escombros».

La presencia etérea en el castillo: En el año 1672, Albert Jouvin de Rochefort, cartógrafo y oficial al servicio del rey Luis XIV de Francia, atravesó la zona y dejó registrado que, mientras se dirigía a Heredia y luego a Audikana, divisó el pueblo y el castillo de Gebara.

Este último se destacaba por sus torrecillas flanqueadas, entre las cuales se erguía una imponente torre cuadrada en el centro.

Según cuentan, esta torre alberga a un duende malévolo, razón por la cual el lugar permanece deshabitado, a pesar de pertenecer a uno de los más opulentos de España.